Los Santos Padres de la Iglesia

San Cirilo de Alejandría (370-444)

El (Cristo) es nuestra primera y principal ofrenda, pues Él se ofreció a si mismo al Padre como víctima, no por sí, sino por nosotros, que éramos quienes estábamos bajo el yugo y la escritura del pecado. Y nosotros mismos, somos, a semejanza suya, víctimas sagradas, muriendo al mundo, en cuanto que el pecado está muerto en nosotros, viviendo para Dios aquella vida de santidad y religiosidad.”  (Sobre la adoración en espíritu y en verdad.  Libro X)

San Juan Crisóstomo

PAN DE VIDA          

“Cuando les dio pan y sació su hambre le llamaban profeta y trataban de hacerle rey; pero cuando los instruía sobre el alimento espiritual, sobre la vida eterna, cuando los desviaba de las cosas sensibles cuando les hablaba de la resurrección y levantaba sus ánimos, cuando más que nunca debieran admirarle, entonces murmuraban y se retiraban de Él”..

“Llámase a sí mismo Pan de vida (Jn 6,48) porque sustenta nuestra vida, tanto la presente como la futura por lo cual añadió El que coma de este pan vivirá para siempre. (Y pan llama aquí, o bien a los dogmas saludables y a la fe en Él,  o bien su propio cuerpo. Pues ambas cosas fortalecen al alma.

LA MUESTRA DE AMOR

“Pues bien, para que esto lleguemos a ser no solamente por el amor, sino también en realidad, mezclémonos con aquella carne; porque esto se lleva a cabo por medio del manjar que El nos dio, queriendo darnos una muestra del vehemente amor que nos tiene. Por eso se mezcló con nosotros y metió cual fermento en nosotros su propio cuerpo, para que llegáramos a formar un todo, como el cuerpo unido con su cabeza. Pues ésta es prueba de ardientes amadores… “Pues por eso hizo lo mismo Cristo, induciéndonos a mayor amistad y demostrándonos su amor ardentísimo hacia nosotros; ni sólo permitió a quienes le aman verle, sino también tocarle, y comerle, y clavar los dientes en su carne, y estrecharse con El, y saciar todas las ansias del amor.

BESO SANTO

“Siempre que estamos a punto de acercarnos a la sagrada mesa, se nos manda besarnos mutuamente y acogernos con el santo saludo. ¿Por qué razón? Puesto que estamos separados por los cuerpos, en aquella ocasión entrelazamos nuestras almas unas con otras mediante el beso, de modo que nuestra reunión sea tal cual lo era aquella de los apóstoles, cuando el corazón y el alma de los fieles eran uno solo. Así, efectivamente, es preciso que nos lleguemos a los sagrados misterios: estrechamente unidos los unos con los otros. Escucha lo que dice Cristo: Si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, marcha, reconcíliate primero con tu hermano y entonces ven y ofrece tu  presente.
No dijo: «Primero ofrece», sino: «Reconcíliate primero, y entonces ofrece». Por esto mismo nosotros también, con el don delante, primero nos reconciliamos mutuamente, y entonces nos acercamos al sacrificio.” (Catequesis Bautismales IV 10)

EUCARISTÍA: MEMORIA

                “Mientras comían, Jesús tomó pan y lo partió (Mt 26, 26). ¿Por qué celebró el misterio de la Eucaristía en el mismo momento de la Pascua? Fue para que aprendieras de todas las formas que él es el autor de la Ley antigua y que ésta contenía la figura de lo que se relacionaba con él. A esta figura él sustituye la realidad. La circunstancia de que fuese la tarde también tenía una significación: representaba la plenitud de los tiempos y el remate final de las cosas… Si la pascua, que era una simple figura, pudo librar a los Hebreos de la esclavitud, ¿cuánto más librará la realidad al universo?…

Tomad y comed, dice Jesús, este es mi cuerpo que se da por vosotros (1 Cor 11, 24). ¿Cómo no se turbaron los discípulos al escuchar estas palabras? Porque Cristo les había hablado ya mucho sobre esta materia (cf. Jn 6). No insiste sobre ello, pues estima que les había hablado lo suficiente…

Confiemos también nosotros plenamente en Dios. No le pongamos dificultades, aunque lo que diga parezca ser contrario a nuestros razonamientos y a lo que vemos. Que más bien su palabra sea maestra de nuestra razón y de nuestra misma visión. Tengamos esta actitud frente a los misterios sagrados: no veamos en ellos solamente lo que se ofrece a nuestros sentidos, sino que tengamos sobre todo en cuenta las palabras del Señor. Su palabra no puede engañarnos, mientras que nuestros sentidos fácilmente nos equivocan; ella jamás comete un fallo, pero nuestros sentidos fallan a menudo. Cuando el Verbo dice: Esto es mi cuerpo, fiémonos de él, creamos y contemplémosle con los ojos del espíritu. Porque Cristo no nos ha dado nada puramente sensible: aun en las mismas realidades sensibles, todo es espiritual. Así, el bautismo es una realidad sensible que se nos administra por el don del agua, pero su eficacia es de orden espiritual, el de renacer y renovarse. Si fueses un ser incorporal, estos dones incorporales se te concederían sin intermediario; pero como el alma está unida al cuerpo, los dones espirituales se te comunican por medio de realidades sensibles.

¡Cuántas personas dicen hoy: «Quisiera ver, el rostro de Cristo, sus rasgos, sus vestidos, sus calzados.»! Pues bien, precisamente lo estás viendo a él, lo tocas, lo comes. Deseabas ver sus vestidos; y él mismo se te entrega no solamente para que lo veas, sino también para que lo toques, lo comas, lo recibas en tu corazón. Que nadie se acerque con indiferencia o con apatía; sino que todos vengan a él animados de un ardiente amor.” (Homilía 82 sobre san Matero, 4-5)

…Considera el gran honor que recibes y la mesa a que estás convidado. Lo que los ángeles ven temblorosos, lo que no se atreven a mirar sin temor por el resplandor que irradia, nosotros lo hacemos nuestra comida, lo asimilamos y llegamos a ser con Cristo un solo cuerpo y una sola carne. ¿Quién dirá las proezas de Yahvé, y hará oír todas sus alabanzas? (Sal 105, 2).

Ocurre con frecuencia que las madres confían a amas extrañas los hijos que acaban de dar a luz. Cristo no obra así, él nos alimenta con su propia sangre, nos une completamente a sí. —Pero me dirás, no ha podido hacerlo con todos. — Sí, verdaderamente con todos. Porque si vino a tomar nuestra naturaleza, fue evidentemente para todos nosotros, y si fue para todos, fue también para cada uno en particular… Cristo se une a cada uno de los creyentes por medio de los divinos misterios. A los que dio la vida, los alimenta por sí mismo y no se desentiende en otro; así termina convenciéndote de que verdaderamente asume tu propia carne.

No seamos pues indiferentes los que hemos sido favorecidos con tal amor y tan extraordinario honor ¿No os habéis fijado nunca con que ansias los niños se apoderan del seno de su madre y con qué avidez aplican a él sus labios? Acerquémonos nosotros con el mismo ardor a esta mesa santa, a esta fuente de donde brota una bebida espiritual; con más fuerza todavía que los niños, atraigamos la gracia del Espíritu. Que nuestra única pena sea vernos privado de este alimento divino”

“No es obra de poder humano lo que se nos pone delante. El que otrora hizo eso en la última cena, ese mismo es el que lo sigue haciendo ahora. Nosotros ocupamos el puesto de ministros suyos, mas el que santifica y transforma la ofrenda es El. Que no asista, pues, ningún Judas, ningún avaro. Si alguno no es discípulo, retírese. Esta mesa sólo a los discípulos admite. Porque: Con mis discípulos -dice- quiero celebrar la pascua. Esta mesa es la misma que aquélla y en nada le es inferior. Porque no la prepara aquélla Cristo y ésta el hombre. No. Él mismo prepara ésta y aquélla. Este es aquel cenáculo donde entonces estuvieron; de aquí salieron al monte de los Olivos. Salgamos también nosotros a las manos de los pobres. Porque éste es ahora el monte de los Olivos. Los olivos plantados en la casa de Dios son la muchedumbre de los pobres. Ellos destilan el aceite que nos ha de ser útil en la otra vida, aquel que tomaron consigo las vírgenes prudentes y que, por no tomarlo las fatuas, perecieron. Tomémoslo y entremos, a fin de salir con nuestras lámparas encendidas al encuentro del esposo. Salgamos de esta vida bien provistos de este aceite. Nadie inhumano se acerque a la Eucaristía, nadie cruel, nadie inmisericordioso, nadie absolutamente impuro. (Homilías sobre San Mateo  82, 5)

“Del costado salió sangre y agua” (Jn 19, 34). No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan grande misterio… He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolo del bautismo y de la eucaristía. Pues bien con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y la Eucaristía, que han brotado ambos del costado. Del costado de Jesús se formó, pues la Iglesia, como del costado de Adán fue hecha Eva.

Por esta misma razón afirma San Pablo ‘Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos’ (Ef 5, 30), aludiendo con ello al costado de Cristo, pues del mismo modo que Dios hizo la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salidas de su costado para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también no dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.

Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento nos nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer” (Catequesis bautismales VIII)

OFRENDA Y RECONCILIACIÓN CON EL HERMANO.

“Si ofreces tu ofrenda ante el altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar y marcha, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu ofrenda (Mt 5, 23-24). ¡Oh bondad, oh amor que sobrepuja todo razonamiento! El Señor menosprecia su propio honor a trueque de salvar la cari dad; con lo que nos hace ver de paso que tampoco sus anteriores amenazas procedían de desamor alguno para con nosotros ni de deseo de castigo, sino de su mismo inmenso amor. ¿Qué puede, en efecto, darse más blando que estas palabras? Interrúmpase —dice— mi propio servicio a fin de que se salve tu caridad, porque también la reconciliación con tu hermano es un sacrificio» (Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, 16,9).

San Ambrosio De Milán (340-397)

“Tu alma dice: me acercaré al altar de mi Dios, al Dios que llena de alegría mi juventud (Sal 42, 4). Te has despojado de la vejez de los pecados y te has revestido de la juventud de la gracia. Esto te lo otorgaron los celestes sacramentos. Escucha otra vez a David, que dice: se renovará tu juventud como la del águila (Sal 102, 5). Te has convertido en un águila ágil que se lanza hacia el cielo despreciando lo que es de la tierra. Las buenas águilas rodean el altar: porque allí donde está el cuerpo, allí se congregan las águilas (Mt 24, 28). El altar representa el cuerpo, y el cuerpo de Cristo está sobre el altar. Vosotros sois águilas rejuvenecidas por la limpieza de las faltas.

Te has aproximado al altar, has fijado tu mirada sobre los sacramentos colocados encima del altar, y te has sorprendido al ver que es cosa creada, y además, cosa creada común y familiar.

 (…) Quizá dices: este pan que me da a mí es un pan ordinario. Y no. Este pan es pan antes de las palabras sacramentales; mas una vez que recibe la consagración, de pan se cambia en la carne de Cristo. Vamos a probarlo. ¿Cómo puede el que es pan ser cuerpo de Cristo? Y la consagración, ¿con qué palabras se realiza y quién las dijo? Con las palabras que dijo el Señor Jesús. En efecto, todo lo que se dice antes son palabras del sacerdote: alabanzas a Dios, oraciones en las que se pide por el pueblo, por los reyes, por los demás hombres; pero en cuanto llega el momento de confeccionar el sacramento venerable, ya el sacerdote no habla con sus palabras sino que emplea las de Cristo. Luego es la palabra de Cristo la que realiza este sacramento.

Observa cada detalle. Se dice: la víspera de su Pasión, tomó el pan en sus santas manos. Antes de la consagración es pan; mas apenas se añaden las palabras de Cristo, es el cuerpo de Cristo. Por último, escucha lo que dice: tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo. Y antes de las palabras de Cristo, el cáliz está lleno de vino y agua; pero en cuanto las palabras de Cristo han obrado, se hace allí presente la sangre de Cristo, que redimió al pueblo. Ved, pues, de cuántas maneras la palabra de Cristo es capaz de transformarlo todo. Pues si el Señor Jesús, en persona, nos da testimonio de que recibimos su cuerpo y su sangre, ¿acaso debemos dudar de la autoridad de su testimonio?

Luego no sin razón dices: amén, confesando ya en espíritu que recibes el cuerpo de Cristo. Cuando te presentas a comulgar, el sacerdote te dice: el cuerpo de Cristo. Y tú respondes: amén, es decir: así es en verdad. Lo que la lengua confiesa, la convicción lo guarde. (Los sacramentos, IV, 5-9, 14, 21-25)

PREPARACIÓN

“Inspirándomelo el mismo Dios, os he aconsejado siempre que al llegar las fiestas… os acerquéis al altar del Señor vestidos con la luz de la pureza, resplandecientes con las limosnas, adornados con las oraciones, vigilias y ayunos, como con valiosas joyas celestiales y espirituales, en paz no sólo con vuestros amigos, sino también con vuestros enemigos, en una palabra, que os lleguéis al altar con la conciencia libre y tranquila, y podáis recibir el cuerpo y la sangre de Cristo, no para vuestro juicio, sino para vuestro remedio. Pero, cuando hablamos de la limosna, no se conturben los necesitados, puesto que la pobreza cumple con todos los preceptos, y la buena voluntad es juzgada y premiada como las obras”. El que socorre al necesitado del propio modo que desearía le socorriesen a él si se encontrase en la misma necesidad’ “ha cumplido con los preceptos del Antiguo y del Nuevo Testamento y ha observado aquel precepto del Evangelio: Cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos, porque ésta es la ley y los profetas (Mt. 7,12). Guíenos a esta ley de caridad perfecta el piadoso Señor que oye y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.”(De sancta Cuadragésima IX: PL 17, 676-678).

PERDON DE LOS PECADOS

                “Cada vez que coméis este pan y bebéis el cáliz, anunciáis la muerte del Señor” (1Co 11, 26). Si (nosotros anunciamos) la muerte, anunciamos el perdón de los pecados. Si cuantas veces se derrama la sangre se derrama el perdón de los pecados, debo recibirla siempre, para que siempre perdone mis pecados. Yo que siempre peco, debo tener siempre la medicina” (De los Sacramentos 4, 28)

San Jerónimo (345-419)

“Y dijo (Jesús) que se le diese de comer (a la niña resucitada). Te  ruego, Señor, que nos tomes la mano, también a nosotros que yacemos y no resucites del lecho de nuestros pecados y  nos hagas andar. Cuando andemos, manda que se nos dé de comer: mientras yazcamos no podemos comer, si no estuviéramos de pie, no podemos recibir el cuerpo de Cristo” (Sobre el Evangelio de San Marcos  Cap. 5, 43)

Tomó los cinco panes y los dos pececitos y levantando los ojos al cielo pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos. Levanta los ojos al cielo para enseñarnos a dirigir hacia allí nuestra mirada. Tomó en sus manos los cinco panes y los dos pececitos, los partió y se los dio a sus discípulos. Cuando el Señor parte los panes abundan los alimentos. En efecto, si hubieran permanecidos enteros, si no hubieran sido cortados en trozos ni divididos en cosecha multiplicada no hubieran podido alimentar a las gentes, los niños, las mujeres, a una multitud tan grande. Por eso la Ley con los profetas es fraccionada en trozos y son anunciados los misterios que contiene a fin de que lo que íntegro y en su primer estado no alimentaba, dividido en partes alimente a la multitud de los pueblos.” (Comentario sobre el Evangelio de San Mateo 14) 

 “Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: Siento compasión de esta multitud porque hace tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino. Quiere alimentar a los que sanó. Primero quita las debilidades luego les ofrece alimentos a los que están sanos… Siento compasión, dice, de esta multitud porque hace tres días que permanecen conmigo. Tiene compasión de la multitud porque ese número de tres días era símbolo de su fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Y no tienen qué comer. La multitud siempre tiene hambre y necesita alimentos sino es saciada por el Señor. No quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino. Tenían hambre después de esas grandes enfermedades y por la paciencia esperaban los alimentos futuros. Jesús no quiere despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino. Por tanto corre peligro el que se apresura a llegar a la mansión deseada desprovisto del pan celestial. Por eso el ángel dice a Elías: Levántate y come porque el camino es muy largo para ti (1 R 19,7).” (Comentario sobre el Evangelio de San Mateo Cap15, 32)

…Más aún; como la carne del Señor es verdadera comida y su sangre verdadera bebida, anagógicamente, lo único bueno en la vida presente es esto, a saber: el comer su carne y beber su sangre; no sólo en el misterio (Eucaristía), sino también en la lectura de las Escrituras” (Comentario al Eclesiastés 3, 12)

…Y pensaron que mi yugo ligero era pesado; y bajé a ellos, dejando los reinos de los cielos, para comer con ellos, habiendo tomado la forma de hombre, o les di la comida de mi cuerpo; yo mismo, alimento y convidado… (Comentario a Oseas libro 3, cap., 11, 4)

“La tierra ha dado su fruto” (sal. 66). La tierra, Santa María; de nuestra tierra, de nuestra semilla, de este barro, de este limo, de Adán. Tierra eres y a la tierra irás (Gn 3,19) Esta tierra ha dada su fruto: lo que perdió en el paraíso lo encontró en el Hijo. La tierra ha dado su fruto. Primero dio la flor. Dice el Cantar de los Cantares: Yo, flor del campo y lirio de los valles (Cant 2, 1). Pues esta flor se ha hecho fruto para que nosotros lo comiésemos, para que comiésemos sus carnes. ¿Quieres saber qué es este fruto? Virgen de la Virgen, Señor de la esclava, Dios del hombre, hijo de la Madre, fruto de la tierra. Ve lo que dice el fruto mismo: Si el grano de trigo no cayere en la tierra y muriere, no puede llevar muchos frutos. La tierra ha dado su fruto, dio el grano de trigo; el cual grano cayó en la tierra y murió y por eso siendo uno, resucitó a muchos. Porque cayó el granos de trigo en la tierra y resucitó una mies abundante. La tierra ha dado su fruto. Por eso ¡oh, Dios! Alábenle los pueblos; alábenle los pueblos todos; la tierra ha dado su fruto” (Sobre el salmo 66, 6)

San Agustín (354-430)

COMUNIÓN CON LOS HERMANOS.

“Considerad, pues, hermanos; comed espiritualmente el pan celestial, llevad al altar una conciencia pura. Los pecados aunque se cometan todos los días, pero que no sean mortales. Antes de acercaos al altar, mirad lo que decís: ‘Perdónamos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores’. Perdona y se te perdonará, acércate confiado; pan es, no veneno. Pero mira bien si perdonas, porque si no perdonas mientes y mientes a aquel a quien no engañas. A Dios puedes mentir, más no puedes engañarle” (Sobre el Evangelio de San Juan Cap. 26, 11)

“Después de esto se dice: ‘La paz sea con vosotros’ y los cristiano se dan el santo ósculo, que es signo de paz. Procurad que lo que dicen los labios exista en los corazones”

CUERPO DE CRISTO

“Los fieles conocen el cuerpo de Cristo, si no se olvidan que son cuerpo de Cristo. Háganse cuerpo de Cristo si quieren vivir del espíritu de Cristo. ¡Oh, sacramento de misericordia! ¡Oh, símbolo de unidad! ¡Oh, vínculo de caridad! Quien quiera vivir, aquí tiene donde vivir, tiene de donde vivir. Acérquese, cerca, forme parte de este cuerpo para ser vivificado” (Sobre el Evangelio de San Juan 26, 13)

“El  Apóstol dice: ‘Somos muchos, pero somos un solo pan y un solo cuerpo’. Así explicó el Sacramento de la mesa del Señor; somos muchos, pero somos un solo pan y un solo cuerpo. En este pan veis como habéis de amar la unidad… Recibid, pues, de tal modo este sacramento que atendáis siempre a conservar la unidad en vuestros corazones, a tener siempre levantados vuestros corazones al cielo” (Sermón 227)

“Si queréis entender lo que es el cuerpo de Cristo, escuchad al apóstol, ved lo que les dice a los fieles: ‘Vosotros sois el Cuerpo de Cristo y sus miembros’. Si pues, vosotros sois el cuerpo y los miembros, lo que está sobre la santa mesa es un símbolo de vosotros mismos y lo que recibís, es vuestro mismo emblema. Vosotros mismos lo refrendáis así al responder: ‘Amén’. Se os dice: ‘He aquí el cuerpo de Cristo y vosotros contestáis: ‘Amén, así es’. Sed pues miembros de Cristo para responder con verdad: ‘amén’. (Sermón 272)

“Y ¿por qué bajo la apariencias de pan? No pongamos nada de nuestra cosecha, dígalo el Apóstol; quien hablando acerca de este sacramento, escribe: ‘Aunque muchos en número, somos un solo pan, un solo cuerpo’ (1Co. 10, 17). Entendedlo y regocijaos ¡Oh, unidad! ¡Oh, verdad! ¡Oh, piedad! ¡Oh, caridad! Un solo pan ¿Qué pan es este? Un solo cuerpo… Y respecto al cáliz, aunque no lo dijo, lo dejo entrever. Para formar esta apariencia sensible de pan se ha conglutinado, mediante el agua y la harina de muchos granos, símbolo de lo que decía la Escritura de los primeros fieles:’No tenían sino un solo corazón y una sola alma’; así acaece con el vino. Recordad hermanos, cómo se hace. Muchos granos cuelgan, formando un racimo; pero el licor de los granos se confunde en uno solo. Tal es el modelo que nos ha dado Nuestro Señor Jesucristo; así es como quiso unirnos a su persona y consagró sobre su mesa el misterio simbólico de la paz  y unión que debe reinar entre nosotros. (Sermón 272)

UNION CON CRISTO  “El que come mi carne y bebe mi sangre, esta en mí y yo en él”. Esto es comer aquel manjar y beber aquella bebida, permanecer en Cristo y tenerlo a El permaneciendo en sí mismo. Y  por esto el que no permanece en Cristo y en quien Cristo no permanece, no come espiritualmente se carne ni bebe su sangre, aunque material y visiblemente toque con sus diente el cuerpo y la sangre de Cristo”

“La señal  de que lo ha comido y bebido es esta: si él permanece en Cristo y Cristo permanece en él, si habita en Cristo y Cristo en él y está unido para que no sea abandonado”

“Teniendo, pues vida en Él, formáis un solo cuerpo con El, porque este sacramento nos recuerda de tal modo el Cuerpo de Cristo, que nos une con El. Esto es lo que según el apóstol, esta predicho en la Sagrada Escritura: ‘Serán dos en una sola carne, este misterio es muy grande y yo lo entiendo de Cristo y de la Iglesia’ (Ef. 5,32). (Sermón sobre los Sacramentos en el día de la Pascua)

TENER LEVANTADO EL CORAZÓN HACIA EL SEÑOR

«En cierto modo hacemos una pregunta y una exhortación al decir: Levantemos el corazón. No lo tengáis en el suelo, el corazón se pudre al contacto con la tierra; levantadlo hacia el cielo. Levantemos el corazón; pero ¿hacia dónde? ¿Cómo respondéis? ¿Hacia dónde levantáis el corazón? Lo tenemos levantado hacia el Señor. El mismo tener levantado el corazón, a veces es bueno, a veces es malo. ¿Cómo es malo? Es cosa mala en aquellos de quienes se dijo: Los derribaste cuando se ensalzaron (Sal 72,18). Tener en alto el corazón, si no es hacia el Señor, en vez de justicia es soberbia; por este motivo, cuando decimos: Levantemos el corazón, dado que también la soberbia puede mantenerlo elevado, respondéis: Lo tenemos levantado hacia el Señor. Es, pues, misericordia, no orgullo. Y si es misericordia el que tengamos el corazón levantado hacia el Señor, ¿lo hemos conseguido nosotros? ¿Es resultado de nuestras fuerzas? De ningún modo. El lo hizo, él quien tuvo esa bondad, él alargó su mano, él anticipó su gracia, él elevó lo que estaba caído. En con secuencia, después de haber dicho: Levantemos el corazón, y de haber respondido: Lo tenemos levantado hacia el Señor, para que no os atribuyáis el tener en alto el corazón, añade: Demos gracias al Señor, nuestro Dios» (Sermón, 229A).

 San Gaudencio de Brescia (+406)

“Jesús al dar el pan y el vino a sus discípulos dijo: Esto es mi cuerpo… esto es mi sangre (Mt 26, 26-28). Fiémonos de aquel en quien hemos creído. La Verdad desconoce el engaño…

La noche en que fue entregado para ser crucificado, Jesús nos dejó como herencia de la nueva Alianza la prenda de su presencia. Es el viático de nuestra peregrinación. Y será para nosotros alimento y fortaleza hasta el día en que vayamos a él, al abandonar este mundo. Por eso decía el Señor: Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6, 53). El quiso dejar entre nosotros el sacramento de su pasión. Y pan ello mandó a sus fieles discípulos, los primeros sacerdotes que instituyó en su Iglesia, celebrar continuamente estos misterios de vida eterna; orden que deben cumplir los sacerdotes de todas las iglesias hasta el día en que venga de nuevo el Señor. De este modo, todos nosotros, sacerdotes y pueblo fiel, tenemos cada día ante nuestros ojos el ejemplo de la pasión de Cristo, lo tomamos en la mano y lo llevamos a la boca y a nuestro pecho. No permitamos que se borre nunca el recuerdo de nuestra redención y tomemos el dulce antídoto que nos protegerá perpetuamente de la ponzoña del demonio, según la invitación del Espíritu Santo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”

El pan está hecho de muchos granos de trigo, transformados en harina amasada con agua y cocida en el horno. Así se ve en él con razón la figura del cuerpo de Cristo. Pues sabemos que este cuerpo único está constituido por toda la muchedumbre del género humano, soldado al fuego del Espíritu Santo… La sangre de Cristo es un vino prensado en la prensa de la cruz, sacado de muchas uvas de la viña plantada por el Señor, y fermentado en las ánforas que son los corazones de los fieles que lo beben.

Recibamos con avidez religiosa este sacrificio pascual del Señor para que nos libre del dominio del Faraón de Egipto, del demonio. Así, por nuestra fe en su presencia será santificado lo más íntimo de nuestro ser. Y su inestimable fortaleza habitará en nosotros por toda la eternidad” (Sermón II).

  • San Gregorio Magno (540-640)

“Pero sólo el haber recibido los sacramentos de nuestro Redentor no basta para la verdadera solemnidad del espíritu, a no ser que se unan a ellos también las buenas obras. Porque ¿qué aprovecha recibir con la boca su cuerpo y sangre y oponernos a El con perversas costumbres? Por lo que bien se añade aún para la comida: “Y panes ázimos con lechuga silvestre” (Ex 12, 8). Come, por cierto, panes sin levadura el que ejecuta obras rectas sin la corrupción de la vanagloria, el que pone por obra los mandamientos de la misericordia sin mezcla de pecado, no sea que con perversidad destroce lo que parece administra con rectitud.”  (Sobre los Evangelios Hom. 22, 8)

“Pero es necesario que cuando hagamos esto (el sacrificio eucarístico) nos inmolemos a nosotros mismos a Dios en contrición de corazón, porque los que celebramos los misterio de la pasión del Señor debemos imitar lo que hacemos. Pues entonces en verdad será para nosotros la oblación  hecha a Dios, cuando nos hiciéremos a nosotros mismos oblación.” (Diálogos Libro IV cap. 59)

  • San Isidoro de Sevilla (560-636)

“Dicen algunos que, si no lo impide algún pecado, ha de recibirse la Eucaristía diariamente, pues por mandato del Señor pedimos que se nos dé este pan cada día, cuando decimos: ‘El pan nuestro de cada día, dánosle hoy’ (Mt. 6, 11). Lo cual, en verdad, justamente afirman si lo reciben con reverencia, devoción y humildad, y no lo hacen confiando en su santidad con presunción de soberbia. Por lo demás, si hay tales pecados que a uno, como muerto, le aparten del altar, hay que hacer antes penitencia y sólo así se ha de recibir entonces este saludable medicamento. Pues quien comiere indignamente, se come y bebe su condenación (1Co 11, 29). Y esto es recibir indignamente si alguien recibe en aquel  tiempo  en que debe hacer penitencia.

Por lo demás, si no hay tan grandes pecados que uno sea juzgado merecedor de ser apartado de la comunión, no se debe alejar de la medicina del cuerpo del Señor, no sea que si se le prohíbe y ha de abstenerse largo tiempo, se separe del cuerpo de Cristo…Quien cesó de ya de pecar, no deje de comulgar.” (Oficios eclesiásticos Libro I, cap. 18, 7-8)

  • San Máximo Confesor

“La participación en la vida divina

“Concedió la vida divina haciéndose él mismo alimento, de un modo que sólo conoce él y quienes han recibido de él tal sensibilidad de la inteligencia, de manera que, por la degustación de este alimento, saben, por conocimiento verdadero que “el Señor es bueno”; el cual, mezcla, para divinizarlos, a quienes comen de él, con una cualidad divina, de manera que es  llamado, con toda claridad, pan de vida y de potencia. (Interpretación del Padre Nuestro)

“Porque Cristo, que ha vencido el mundo, nos guiará en el combate, y nos armará con las leyes de los mandamientos y, conforme a estas leyes, con la remoción de las pasiones; y unirá, mediante el amor, a la naturaleza humana consigo misma. Y, siendo Él pan de vida, de sabiduría, de conocimiento y de justicia, moverá nuestro apetito insaciablemente hacia Él y, por la realización de la voluntad del Padre, nos hará semejantes a los ángeles en su adoración, manifestando por nuestra conducta, y mediante una buena imitación, la beatitud celeste.

Y de allí nos guiará luego al supremo ascenso a las realidades divinas, al Padre de las luces, haciéndonos partícipes de la divina naturaleza, por la participación por gracia del Espíritu Santo, por la cual recibiremos el título de hijos de Dios, portando íntegramente al autor todo de esta misma gracia e Hijo del Padre por naturaleza, sin circunscribirlo ni mancharlo; de quien, por quien y en quien tenemos y tendremos el ser, el movimiento y la vida.

  • San Andrés de Creta (660-740)

¡Oh, Madre de Dios! Tu vientre se hizo mesa santa que contiene el pan celeste, del cual quienquiera que come no muere, como lo dijo el que alimenta a todo…” (Canon para la fiesta en medio de Pentecostés)

  • San Juan Damasceno (+749)

“Así, pues, si la palabra de Dios es viva y eficaz (Hb. 4, 12) y el Señor hizo lo que quiso (sal 134, 6), dijo:  Hágase la luz y la luz se hizo; ‘Hágase el firmamento y el firmamento fue hecho; si por la palabra del Señor se fundaron lo cielos y por el espíritu de su boca toda su fuerza de ellos (Sal 32), si el cielo y la tierra, el agua y el fuego, y el aire y todo el orden de ellos y aún el hombre, ser vivo nobilísimo, fueron hecho por la palabra de Dios; si el mismo Dios, el Verbo, por su propia voluntad se hizo hombre y tomó carne de sangre purísima e incontaminada de la siempre Virgen, sin intervención de varón ¿no podrá hacer al pan cuerpo suyo y al vino y al agua sangre suya?…Dijo Dios: Este es mi cuerpo y esta es mi sangre y Haced esto en memoria mía; y en virtud de este mandato suyo omnipotente se realiza esto hasta que él venga… Y si se emplean pan y vino, es porque Dios conoce muy bien la debilidad humana que rechaza ordinariamente lo que no le es familiar por la costumbre, por lo cual, usando de su acostumbrada condescendencia, realiza las cosas que están sobre la naturaleza por medio de las ordinarias en la naturaleza… así ya que los hombres suelen comer pan y beber agua y vino, unió a ellos su Divinidad, e hizo a estas cosas su cuerpo y su sangre para que por medio de las cosas ordinarias y naturales lleguemos a las que están sobre la naturaleza.

“El cuerpo está verdaderamente unido a la Divinidad, el cuerpo de aquel que nació de la Virgen santa, no porque el cuerpo que ascendió a los cielos, baje del cielo, sino porque el mismo pan y el vino se cambian en el cuerpo y sangre de Dios. Si preguntas la manera como se realiza esto, conténtate con oír que se realiza por medio del Espíritu Santo, del mismo modo que el Señor, por medio del Espíritu Santo, tomó carne para sí y en sí de la Santa Madre de Dios; y no podemos saber nada más sino que la palabra de Dios es verdadera y eficaz y omnipotente, pero la manera de realizarse no es posible conocerla.” (Sobre la fe ortodoxa Libro 4, cap. 13)

“No han participado los ángeles ni han sido hechos consortes de la naturaleza divina, mas los hombres participan y son hechos consortes de la naturaleza divina, a saber, todos aquellos que reciben el santo cuerpo de Cristo y beben su sangre, pues que cuerpo y sangre están unidos hipostáticamente a la Divinidad y dos naturalezas están hipostáticamente unidos, sin separación, en el cuerpo de Cristo que nosotros recibimos… Ciertamente que nuestra naturaleza es algo inferior a los ángeles por la muerte y por la mole del cuerpo, más por la benevolencia y por la unión de Dios se ha hecho superior a los ángeles” (Sermón 3, 26